COMPRENDIENDO MEJOR LA ENSEÑANZA DEL BUDDHA
por Ricardo Sasaki
PARTE I

Acerca del autor

     Ricardo Sasaki es psicólogo formado en la Universidad de São Paulo que actualmente reside en Belo Horizonte, M.G., Brasil. Además de la práctica psicoterapéutica, es coordinador, desde hace algunos años, de “Nalanda - Centro de Estudos Buddhistas y Meditação”, desarrollando a través de clases, escritos y traducciones algunos aspectos de la filosofía y la psicología oriental, meditación y religiones comparadas. Ha recibido entrenamiento y vivido por algunos años en diversos centros buddhistas y monasterios en los Estados Unidos, Thailandia e India, con los cuales mantiene constante contacto.

Ricardo Sasaki, “O Caminho Contemplativo”, Cap. 10, Vozes, Petrópolis, 1995.
Traducción de Alejandro Ponce de León, Buenos Aires, 1999.


 

      ¿El Buddhismo es una religión o una filosofía? Esa es una pregunta que frecuentemente se escucha. Si por “religión” entendemos un conjunto de dogmas y “verdades” ya establecidas que deben ser ciega e incuestionablemente observadas y creídas, entonces, el Buddhismo no es una religión. O, si entendemos religión como un conjunto de rituales, ceremonias y cultos, así tampoco el Buddhismo es religión.
      Por otro lado, si por “filosofía” entendemos la actividad de la razón y lógica humanas, o el estudio del producto de esta actividad “racional”, entonces, él no es una filosofía.
      El Buddhismo es fruto de una percepción superior y profunda de la realidad, percibida y experimentada por sabios del pasado, seguida y confirmada por experiencia propia por otros sabios que los siguieron, y confirmable también, por experiencia propia, por todos aquellos que se disponen a seguir algunos de los caminos por él señalados con el genuino amor por el saber superior (filo-sofía) y con el sincero anhelo por religarse consigo mismo y con el fundamento último de toda la naturaleza (religión viene del latín religare). Solamente en este sentido podemos decir que es una religión y una filosofía.
      A partir de esto podemos formularnos la siguiente pregunta: ¿Cuál es el propósito del Buddhismo? Podemos responder a partir de varios niveles. Hablando del objetivo más alto, podemos decir que es la Iluminación y la Liberación. Estas dos palabras son como hermanas en el Buddhismo.
     Iluminación es la visión clara de la realidad o de su esencia. Es la realidad interior de cada uno de nosotros, como también la realidad externa en la medida en que nos relacionamos con ella. No significa conocer “todo” en un sentido cuantitativo. Por ejemplo, saber el número de galaxias en el espacio o el nombre de todos los órganos y conjuntos musculares del cuerpo humano, no es “saber” para el Buddhismo, sino un mero cúmulo de información. Interesa, aquí, lo cualitativo. Lo que es de hecho esencial o fundamental para la vida, desde la vida cotidiana hasta sus dimensiones más profundas.
     Liberación es verse libre de todas las amarras del condicionamiento. Desde que nacemos somos condicionados de innumerables maneras, tanto positiva como negativamente. Es preciso vernos libres de ambas. Existe algo semejante en el Antiguo Testamento: “No comer del árbol del bien y del mal”. Esto significa verse libre tanto del mal, lo que es obvio, como del bien condicionado y rígido, opuesto radical del mal. Para ser feliz y vivir realmente, el Buddhismo propone liberarse de la dualidad, liberarse del apego, del odio y de la ignorancia o, aún, liberarse de la dictadura del ego.
     Para esto es necesario comprender la naturaleza de las cosas y las leyes universales. Esta comprensión lleva a la adecuación a estas leyes, que a su vez lleva a la paz, y en este sentido podemos decir que el propósito del Buddhismo es la paz. Una paz en todos los niveles: interior, social, ecológico, cósmico y transcendente.
     Experimentar la paz, en su sentido más profundo, es la más importante experiencia del ser humano. Cuando hablamos, no obstante, de experiencias religiosas, y principalmente en términos de Oriente, generalmente pensamos en cosas más bien místicas, visiones, milagros... Muchas veces olvidamos que religión es fundamentalmente algo simple, a pesar de no ser ingenuo. Algo simple porque su propósito y el propósito de todas las religiones legítimas es religar al hombre consigo mismo y con la verdad última. Y para esta religación debe haber un desnudamiento del hombre. Él precisa retirar sus velos e ilusiones, reencontrarse con la simplicidad. Tal vez sea este el gran aprendizaje en los monasterios contemplativos: descubrir el ser simples, hacer las mismas cosas con nuevos ojos, aprender sobre la riqueza de la pobreza.
Todo es simple en Asia, la cuna del Buddhismo, sin mucha “pompa y circunstancia”. Y esto influye también en el modo de ser y en la meditación. Aún hay bosques y cuevas donde las personas van a realizar sus prácticas contemplativas, bien al modo de los Padres del Desierto o de San Francisco, en Occidente, donde se realizan ayunos, se practica la sobriedad, el desapego, la caridad y la alegría de poco tener. Y es en esta soledad y contacto con la dimensión contemplativa que descubrimos un nuevo modo de ver las cosas.
     Algo común en Asia son los retiros de meditación, períodos intensivos que van desde una semana hasta tres meses de práctica contemplativa continua. Levantarse a las 4 de la mañana para acostarse a las 21:30 ó 22 horas, con interrupciones apenas para dos o incluso una refección diaria. Durante este período no se lee ni se conversa. El silencio es absoluto. Esta intensidad potencializa la cualidad de la visión y percepción directas, mientras sensibiliza al individuo para realidades más fundamentales.
      Cierta vez nos fue preguntado si es posible, en la visión buddhista, saber intuitivamente, o por los libros sagrados, quién es y cómo es Dios. Existe una historia en Oriente que dice que el dedo señalando la luna ¡no es la luna!. La Realidad Suprema es “suprema” porque nada se iguala a ella ni puede ser medida. Así, cuando hablamos “de ella”, no es “de ella” que estamos hablando, pues palabras son limitaciones, y con limitaciones no podemos hablar de lo que es ilimitado por naturaleza. Cualquier nombre que demos a esta “Realidad” es apenas una media verdad, pues, cuando afirmamos algo, inmediatamente negamos todo aquello que no fue afirmado inicialmente. Como dice en el siglo VI el Pseudo-Dionisio: “Dios no es ni Uno, ni unidad, ni divinidad, ni bondad, ni espíritu, en el sentido que damos a esas palabras; no es hijo, ni padre, ni nada más de lo que nosotros mismos o cualquier otro podría conocer”. Es por eso que el Buddhismo no habla de Dios, ni intenta muy enfáticamente nombrar esta “Realidad”. Es lo que el Cristianismo llama Teología Apofática: la afirmación de lo sagrado a través de negaciones (del griego apophasis, negación). Meister Eckhart dice que Dios debe ser amado como “... no-Dios, no-Espíritu, no-persona, no-imagen, mas apenas amado como Él es, un puro y simple absoluto, destituido de toda dualidad y en el cual debemos eternamente naufragar de vacuidad en vacuidad”.
      Siendo así, procurar comprender la totalidad de esta “Realidad” a través de la razón es, en el Buddhismo, como tratar de retener el río Amazonas con una red. ¡La razón es limitada!. Libros, estudios, rituales o cualquier técnica son apenas dedos señalando la luna. Son señales. Pensar que instrumentos limitados puedan llevar a lo Ilimitado es como subirse a una señal de tránsito esperando que nos lleve hasta otra ciudad. ¡Ella apenas apunta para allá!. De ahí que el Pseudo-Dionisio afirme: “El misterio que está más allá del propio Dios, el inefable, el que todo nombra, la afirmación total, la negación total, el más allá de toda afirmación y de toda negación”.
En este mundo del lenguaje humano, todo tiene dos lados. La “Realidad” puede ser vista bajo el aspecto personal y bajo el aspecto impersonal. El Buddhismo tiene la tendencia a enfatizar este último. También enfatiza su aspecto interior, más que el exterior. Pero esto sin nunca olvidar que siempre están los dos lados. Así como en el Cristianismo también se habla, algunas veces, de Dios como una realidad interior (“El Reino de Dios está dentro de ustedes”) e impersonal (la “Divinidad” de Meister Eckhart), también en el Buddhismo se hablará, a veces, de la “Realidad Última” en cuanto personal y exterior, como en el caso de los diversos Buddhas y Bodhisattvas siempre presentes en todas las direcciones del universo, siempre dispuestos para ayudar a los seres sintientes.

 

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