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¿El Buddhismo es una religión o una filosofía? Esa
es una pregunta que frecuentemente se escucha. Si por “religión”
entendemos un conjunto de dogmas y “verdades” ya establecidas que deben
ser ciega e incuestionablemente observadas y creídas, entonces,
el Buddhismo no es una religión. O, si entendemos religión
como un conjunto de rituales, ceremonias y cultos, así tampoco el
Buddhismo es religión.
Por otro
lado, si por “filosofía” entendemos la actividad de la razón
y lógica humanas, o el estudio del producto de esta actividad “racional”,
entonces, él no es una filosofía.
El Buddhismo
es fruto de una percepción superior y profunda de la realidad, percibida
y experimentada por sabios del pasado, seguida y confirmada por experiencia
propia por otros sabios que los siguieron, y confirmable también,
por experiencia propia, por todos aquellos que se disponen a seguir algunos
de los caminos por él señalados con el genuino amor por el
saber superior (filo-sofía) y con el sincero anhelo por religarse
consigo mismo y con el fundamento último de toda la naturaleza (religión
viene del latín religare). Solamente en este sentido podemos decir
que es una religión y una filosofía.
A partir
de esto podemos formularnos la siguiente pregunta: ¿Cuál
es el propósito del Buddhismo? Podemos responder a partir de varios
niveles. Hablando del objetivo más alto, podemos decir que es la
Iluminación y la Liberación. Estas dos palabras son como
hermanas en el Buddhismo.
Iluminación
es la visión clara de la realidad o de su esencia. Es la realidad
interior de cada uno de nosotros, como también la realidad externa
en la medida en que nos relacionamos con ella. No significa conocer “todo”
en un sentido cuantitativo. Por ejemplo, saber el número de galaxias
en el espacio o el nombre de todos los órganos y conjuntos musculares
del cuerpo humano, no es “saber” para el Buddhismo, sino un mero cúmulo
de información. Interesa, aquí, lo cualitativo. Lo que es
de hecho esencial o fundamental para la vida, desde la vida cotidiana hasta
sus dimensiones más profundas.
Liberación
es verse libre de todas las amarras del condicionamiento. Desde que nacemos
somos condicionados de innumerables maneras, tanto positiva como negativamente.
Es preciso vernos libres de ambas. Existe algo semejante en el Antiguo
Testamento: “No comer del árbol del bien y del mal”. Esto significa
verse libre tanto del mal, lo que es obvio, como del bien condicionado
y rígido, opuesto radical del mal. Para ser feliz y vivir realmente,
el Buddhismo propone liberarse de la dualidad, liberarse del apego, del
odio y de la ignorancia o, aún, liberarse de la dictadura del ego.
Para esto es
necesario comprender la naturaleza de las cosas y las leyes universales.
Esta comprensión lleva a la adecuación a estas leyes, que
a su vez lleva a la paz, y en este sentido podemos decir que el propósito
del Buddhismo es la paz. Una paz en todos los niveles: interior, social,
ecológico, cósmico y transcendente.
Experimentar
la paz, en su sentido más profundo, es la más importante
experiencia del ser humano. Cuando hablamos, no obstante, de experiencias
religiosas, y principalmente en términos de Oriente, generalmente
pensamos en cosas más bien místicas, visiones, milagros...
Muchas veces olvidamos que religión es fundamentalmente algo simple,
a pesar de no ser ingenuo. Algo simple porque su propósito y el
propósito de todas las religiones legítimas es religar al
hombre consigo mismo y con la verdad última. Y para esta religación
debe haber un desnudamiento del hombre. Él precisa retirar sus velos
e ilusiones, reencontrarse con la simplicidad. Tal vez sea este el gran
aprendizaje en los monasterios contemplativos: descubrir el ser simples,
hacer las mismas cosas con nuevos ojos, aprender sobre la riqueza de la
pobreza.
Todo es simple en Asia, la cuna del Buddhismo,
sin mucha “pompa y circunstancia”. Y esto influye también en el
modo de ser y en la meditación. Aún hay bosques y cuevas
donde las personas van a realizar sus prácticas contemplativas,
bien al modo de los Padres del Desierto o de San Francisco, en Occidente,
donde se realizan ayunos, se practica la sobriedad, el desapego, la caridad
y la alegría de poco tener. Y es en esta soledad y contacto con
la dimensión contemplativa que descubrimos un nuevo modo de ver
las cosas.
Algo común
en Asia son los retiros de meditación, períodos intensivos
que van desde una semana hasta tres meses de práctica contemplativa
continua. Levantarse a las 4 de la mañana para acostarse a las 21:30
ó 22 horas, con interrupciones apenas para dos o incluso una refección
diaria. Durante este período no se lee ni se conversa. El silencio
es absoluto. Esta intensidad potencializa la cualidad de la visión
y percepción directas, mientras sensibiliza al individuo para realidades
más fundamentales.
Cierta
vez nos fue preguntado si es posible, en la visión buddhista, saber
intuitivamente, o por los libros sagrados, quién es y cómo
es Dios. Existe una historia en Oriente que dice que el dedo señalando
la luna ¡no es la luna!. La Realidad Suprema es “suprema” porque
nada se iguala a ella ni puede ser medida. Así, cuando hablamos
“de ella”, no es “de ella” que estamos hablando, pues palabras son limitaciones,
y con limitaciones no podemos hablar de lo que es ilimitado por naturaleza.
Cualquier nombre que demos a esta “Realidad” es apenas una media verdad,
pues, cuando afirmamos algo, inmediatamente negamos todo aquello que no
fue afirmado inicialmente. Como dice en el siglo VI el Pseudo-Dionisio:
“Dios no es ni Uno, ni unidad, ni divinidad, ni bondad, ni espíritu,
en el sentido que damos a esas palabras; no es hijo, ni padre, ni nada
más de lo que nosotros mismos o cualquier otro podría conocer”.
Es por eso que el Buddhismo no habla de Dios, ni intenta muy enfáticamente
nombrar esta “Realidad”. Es lo que el Cristianismo llama Teología
Apofática: la afirmación de lo sagrado a través de
negaciones (del griego apophasis, negación). Meister Eckhart dice
que Dios debe ser amado como “... no-Dios, no-Espíritu, no-persona,
no-imagen, mas apenas amado como Él es, un puro y simple absoluto,
destituido de toda dualidad y en el cual debemos eternamente naufragar
de vacuidad en vacuidad”.
Siendo
así, procurar comprender la totalidad de esta “Realidad” a través
de la razón es, en el Buddhismo, como tratar de retener el río
Amazonas con una red. ¡La razón es limitada!. Libros, estudios,
rituales o cualquier técnica son apenas dedos señalando la
luna. Son señales. Pensar que instrumentos limitados puedan llevar
a lo Ilimitado es como subirse a una señal de tránsito esperando
que nos lleve hasta otra ciudad. ¡Ella apenas apunta para allá!.
De ahí que el Pseudo-Dionisio afirme: “El misterio que está
más allá del propio Dios, el inefable, el que todo nombra,
la afirmación total, la negación total, el más allá
de toda afirmación y de toda negación”.
En este mundo del lenguaje humano, todo
tiene dos lados. La “Realidad” puede ser vista bajo el aspecto personal
y bajo el aspecto impersonal. El Buddhismo tiene la tendencia a enfatizar
este último. También enfatiza su aspecto interior, más
que el exterior. Pero esto sin nunca olvidar que siempre están los
dos lados. Así como en el Cristianismo también se habla,
algunas veces, de Dios como una realidad interior (“El Reino de Dios está
dentro de ustedes”) e impersonal (la “Divinidad” de Meister Eckhart), también
en el Buddhismo se hablará, a veces, de la “Realidad Última”
en cuanto personal y exterior, como en el caso de los diversos Buddhas
y Bodhisattvas siempre presentes en todas las direcciones del universo,
siempre dispuestos para ayudar a los seres sintientes.
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