COMPRENDIENDO MEJOR LA ENSEÑANZA DEL BUDDHA
por Ricardo Sasaki
PARTE II

  

     Podemos decir que mientras el hombre esté en contacto con el Dhamma (como el Buddhismo denomina a esta “Realidad Última”) no estará solo. Dhamma significa “aquello que soporta, que sustenta”. Fundamentalmente, todos los seres están ligados entre sí y dependen de todos.
     La definición de “Realidad Suprema” es una noción que generalmente tiende a separar al Cristianismo del Buddhismo. La cuestión es menos de contradicciones intransponibles que de comprensión más profunda de los términos involucrados. Otra de las dificultades entre cristianos y buddhistas ha sido el concepto de reencarnación. Infelizmente, esto que parece separar estas dos grandes religiones no pasa de un gran error, pues, al contrario de lo que muchos piensan, el Buddhismo no tiene una doctrina reencarnacionista, al menos cuando es interpretado correctamente. La reencarnación en el Buddhismo, cuando es mencionada por algunos, es apenas una creencia popular y exterior, apropiada para aquellos que sólo consiguen hacer el bien pensando en un provecho propio. “Yo hago esto para recibir los frutos mañana o en otra vida”. Es una creencia popular sustentada ya sea por orientales que desconocen cualquier cosa más profunda que su tradición, ya sea por occidentales principiantes. Es semejante a aquellos cristianos que creen que Dios es, realmente, un hombre anciano y barbudo sentado en un trono de madera posado en las nubes. La idea occidental de la reencarnación, o sea, la de que un alma o “espíritu” inmutable ocupa diferentes cuerpos humanos indefinidamente, ni siquiera existe en el Buddhismo (recordemos su enseñanza fundamental sobre el no-yo), siendo fruto de las concepciones espíritas surgidas a fines del siglo XIX. Lo que el Buddhismo de hecho enseña es el renacimiento, algo por completo diferente de la reencarnación, tal como es concebida en Occidente. En el proceso de pasaje del Buddhismo a Occidente, entretanto, los traductores e intérpretes occidentales comenzaron a hacer uso de sus propias concepciones influenciadas por el espiritismo para interpretar doctrinas buddhistas, lo que tuvo como resultado un engaño que permanece hasta hoy en la mente de algunos que estudian el Buddhismo superficialmente, y esto principalmente en Brasil. Como dice el monje Khantipâlo: “Una sucesión de vidas con un alma encarnando en una serie de cuerpos es frecuentemente llamada reencarnación. En el Buddhismo, la enseñanza referente a este tema es fundamentalmente diferente... No hay reencarnación en el Buddhismo, pues no hay entidad espiritual inmutable; en términos últimos, ningún alma puede ser encontrada que pueda re-encarnarse. El Buddhismo no establece la dicotomía entre un cuerpo perecible, por un lado, y un alma eterna, por el otro” (Buddhism Explained. Bangkok, Mahamakut Rajavidyalaya Press, 1986).
     Renacimiento significa, en el contexto buddhista, la transmisión o influencia de las acciones intencionales en sus frutos. Toda acción intencional, para bien o para mal, genera consecuencias. Es así, que la acción “renace” en sus frutos, o sea, hay una interdependencia entre acción y reacción.
     Lo que el Buddhismo enseña es que la vida es única y una sola, tomando formas diferentes, pero estrechamente dependientes y ligadas entre sí. Es una sola vida que anima todo. De ahí que “vida” sea en la Biblia traducida muchas veces del latín anima, que significa “alma”. Esta única vida o “alma” asume varias formas, todas ellas impermanentes y transitorias, como todo lo que es creado. Estas formas nacen, mueren, renacen, vuelven a nacer, y así sucesivamente. Una semilla también nace, se desarrolla, se transforma en árbol, que a su vez muere, pero genera muchas semillas. En cierta forma podemos decir que aquel árbol “renace” en la semilla. Sin embargo, ni el árbol ni su semilla son lo mismo, ni son radicalmente diferentes. Si decimos que son iguales, entonces, caemos en el reencarnacionismo. ¡Es lo mismo que decir que el árbol se “reencarnó” en la semilla!. Que ella es el mismo “ser” en otro “cuerpo”. ¡Un completo absurdo!. Pero decir que son completamente diferentes entre sí es caer en lo que podemos llamar escepticismo, agnosticismo o casuística: la concepción que ve todo como aislado e independiente. Es la concepción de que una vez que se muere es el fin, ¡y listo!. O aún significa decir que todo acontece por casualidad sin ninguna relación anterior.
     El Buddhismo podría decir, por el contrario, que la “resurrección” ocurre cuando estas “porciones de vida” comprenden que no son aisladas de todo, mas son expresiones de una única vida. Es la Liberación de la Ilusión, la Iluminación, el encuentro con el Absoluto.
     Esto tiene que ver con responsabilidad universal por todas las cosas. Lo que hacemos aquí se refleja en las diez direcciones del universo. El pecado (ignorancia) de uno mancha todo el resto, como una gota de tinta arrojada en un bowl de agua. Pero también la Iluminación de uno salva todo el universo, como una lámpara que, cuando se enciende, ilumina todo un cuarto oscuro.
      De esta forma, el Buddhismo tendrá una preocupación especial para con el sufrimiento. Cuando los primeros occidentales y cristianos llegaron a Asia, quedaron sorprendidos de ver, dentro de templos buddhistas, pinturas y cuadros con una figura masculina y otra femenina abrazándose. Tomaron esto como profanación e idolatría del sexo. Lástima que no se les ocurrió preguntar a los orientales y a los monjes lo que esto significaba. Estas dos figuras abrazándose simbolizaban la Sabiduría y el Método.
     La Sabiduría es la primera respuesta del Buddhismo para el sufrimiento hoy en día. Es necesario que el hombre cultive un mayor entendimiento de quién es él, o qué es lo Real, o qué es el mundo a su alrededor. El nivel de comprensión que tenemos de todo eso es muy superficial. Solamente ahora, por ejemplo, es que el hombre moderno, en escala global, está percibiendo que todo está interligado, y esto debido a la tremenda crisis ecológica en que vivimos. Es necesario profundizar nuestro entendimiento de la realidad, y esto inevitablemente colaborará para la disminución del sufrimiento.
     La segunda respuesta viene a través del Método. Esto significa poseer formas efectivas de acción. Tener técnicas y enseñanzas que nos lleven a comprender el sufrimiento y el dolor del mundo y actuar convenientemente para extirpar sus causas. En el Buddhismo el método supremo es la Compasión. Solamente ella podrá hacer que quebremos la barrera de nuestros egoísmos y, en un movimiento hacia el frente, podamos ir al encuentro de las necesidades del prójimo, con los corazones abiertos.
     Y porque todo está interligado, nuestra responsabilidad aumenta. Gozamos de las acciones sabias y de las acciones que rebajan a la especie humana. En cierto modo, tales acciones “renacen” en nosotros, pues sufrimos todas sus consecuencias.
     En este sentido, lo mejor que podemos hacer, dentro de una perspectiva contemplativa, es desenvolver acciones responsables en el momento presente. De nada sirve esperar pasivamente que las cosas mejoren. Es preciso hacer una distinción entre la esperanza dirigida hacia las cosas del mundo y aquella dirigida hacia las cosas espirituales. Por ejemplo: “Yo tengo esperanza de comprar un departamento o mejorar de vida en el futuro”. Esto es expectativa y crea ansiedad y preocupación. El Buddhismo no está interesado en este tipo de esperanza. Existe un verso que dice: “El pasado ya se fue y el futuro aún no viene. Por lo tanto, permanezcan en el presente, que es el único momento que puede ser de hecho vivido”. Es algo como el proverbio árabe que dice que ¡no se puede tomar el camello que aún no vino ni aquel que ya pasó!.
     Esperanza en el Buddhismo está más relacionada con confianza. En lengua pâli es llamada “Saddhâ”. Esto es confiar en el camino a ser recorrido, pues llevará al Despertar de la ilusión. Alguien que se aproxima a la tradición buddhista se sorprenderá de inmediato de la naturalidad con que es invitado a investigar por sí mismo las enseñanzas del Buddha, y no creer simplemente en lo que les es dicho. De hecho, la doctrina buddhista ha sido conocida desde sus orígenes como “ehi-passiko”, o sea, aquella que invita a venir y ver por sí mismo. 

 

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