COMPRENDIENDO MEJOR LA ENSEÑANZA DEL BUDDHA
por Ricardo Sasaki
PARTE III

       Solamente a través de la visión directa de la verdad alguien puede estar seguro de sus cualidades. En este sentido, la fe ciega es justamente el opuesto de aquello que se espera del verdadero buscador de la Verdad. La fe ciega, o la creencia, no es nada más que un modo de tapar un agujero, el cual debería ser rellenado con el conocimiento. En ausencia de éste, aparece la creencia.
     No encontraremos, por lo tanto, la concepción de una creencia pura y simple siendo estimulada en las enseñanzas buddhistas. La palabra más próxima para “fe” es “saddhâ”, que significa mucho más “convicción” que “creencia”. Saddhâ o shraddhâ (en sánscrito) comporta tres aspectos según Asanga, el gran maestro buddhista del siglo IV:

   1) Convicción completa y firme sobre lo que una cosa es.
   2) Alegría serena en razón de las buenas cualidades.
   3) Aspiración o ansia de tener la capacidad de alcanzar un objetivo en vista.

     En el primer aspecto, saddhâ es la fe como una etapa posterior al conocimiento. Porque sabemos algo, por experiencia o intelección, es que tenemos fe en aquello. Saddhâ es, aquí, la fe en el conocimiento o sabiduría ya conquistada.
     En el segundo aspecto, saddhâ se liga con la tranquilidad en la virtud adquirida. Aquel que desarrolló las cualidades saludables como la sabiduría, la compasión, la generosidad, la honestidad y otras, y consciente de su campo de virtudes, es tranquilo y, por lo tanto, confiable. Es como alguien que, habiendo visto los resultados de su plantación y consciente de su abundante cosecha, está seguro y contento con relación a su situación económica. Saddhâ aquí tiene que ver con seguridad, todo esto en relación con los bienes (espirituales) conquistados.
En el tercer aspecto, finalmente, saddhâ se refiere a la esperanza. Poseer saddhâ aquí significa desear y confiar que sus objetivos serán realizados. En el camino espiritual uno nada conseguirá si comienza sin esfuerzo y dudoso de los resultados de ese esfuerzo. Es como alguien que comienza un viaje pero no desea ni cree que llegará a su destino. Éste, al primer obstáculo desistirá, y sus expectativas pesimistas de hecho se cumplirán.
     En ninguno de estos tres sentidos vemos saddhâ como fe ciega o creencia en algo sin sentido. Por el contrario, es aquella confianza que surge en aquello que ya se conoce. Este conocimiento le da confianza. Y, por conocer, uno confía que alcanzará la próxima etapa del camino. Como dice el Buddha: “... Oh bhikkhus, yo digo que la destrucción de las manchas y de las impurezas es el trabajo de una persona que sabe y ve, y no de una persona que no sabe y que no ve” (Samyutta Nikâya III, PTS trans, p. 152). Sigamos, entonces, el consejo del Buddha: ¡Vengan y vean por sí mismos la verdad y los resultados de la práctica del Dhamma!.
     Todas estas reflexiones deben llevarnos a aproximarnos cada vez más a la vida meditativa y a aquellas personas que reconozcan su valor. Una vida de mayor responsabilidad por las propias acciones de la mente, por el otro y por todo el universo. Creemos que hay muchas posibilidades de diálogo entre el Cristianismo y el Buddhismo, a partir de que algunas barreras, principalmente de conocimiento, sean superadas. En Brasil, este diálogo prácticamente no existe. Hay poquísimas personas que realmente entienden el Buddhismo, y los libros que se escriben y traducen, en su mayoría, no son muy buenos, ni precisos. En el exterior, sin embargo, esto se viene haciendo cada vez en mayor escala. En los Estados Unidos, por ejemplo, existen diversos foros permanentes de debates realizados por monjes y monjas de Oriente y Occidente. Son lugares de encuentro dedicados específicamente al diálogo a nivel monástico. Una de las principales actividades en estos encuentros es el intercambio de experiencias entre monjes de diferentes tradiciones. Un grupo de monjes cristianos va a hacer una estadía en algún monasterio tibetano o japonés y, entonces, un grupo de monjes buddhistas pasa algún tiempo en Europa o en los Estados Unidos. Son hospedados por los propios monjes e intercambian valiosas preguntas y respuestas sobre sus vidas religiosas y sus principios. Este diálogo es apoyado por el Vaticano y por representantes de innumerables monasterios buddhistas en Asia.
Se les debe mucho, en Occidente, a los trapenses, una de las principales órdenes contemplativas cristianas, y a los benedictinos. Thomas Merton, un monje trapense, será siempre recordado en todo el mundo por sus profundas contribuciones en este entendimiento. Sin miedo de tener su fe cuestionada, fue al encuentro de otras formas de vivencia contemplativa, con la confianza de que iría a encontrar, en este nivel contemplativo, no una oposición sino una comunión. Su gran importancia para la paz y la comprensión entre las religiones de Oriente y de Occidente aún debería ser mejor divulgada.
     Finalmente, tenemos que hablar un poco sobre lo que se venera en el Buddhismo. Los occidentales generalmente lo confunden con las más exóticas prácticas. Infelizmente, el primer contacto viene casi siempre a través del exotismo. También algunos orientales quedan sorprendidos, e incluso amedrentados, al ser informados que la religión de los occidentales tiene como rito principal un festín antropofágico del cuerpo y la sangre de su fundador. ¡No es casualidad que el Buddhismo diga que la ignorancia es el peor de los enemigos!.
     “Las Tres Joyas” son una forma simple de ver lo que el Buddhismo considera loable. De forma constante, los buddhistas las loan y homenajean. La primera Joya es el Buddha, Aquel que trajo el Camino para la extinción del dolor y del sufrimiento. Buddha significa el Despierto, Aquel que despertó de la ilusión. La segunda joya es el Dhamma, que tiene varios sentidos. Uno de ellos es la propia enseñanza. Dhamma es la doctrina del Despertar. Pero hablaremos de él un poco más adelante. La tercera Joya es llamada Sangha, la Comunidad de aquellos que comprendieron y realizaron el Camino del Despertar. Es lo que se podría denominar la Comunidad de los Santos. En estas tres está aquello que es lo más precioso en un camino espiritual. En realidad, todas las religiones tienen estas joyas. Un Fundador, que realizó completamente aquello que enseña y trae este mensaje al mundo, una Enseñanza de la Salvación o Despertar, y una Comunidad de Realizados que dan el ejemplo a todos.
Otra forma de considerar la veneración es ver más de cerca el significado de la palabra Dhamma. Tiene cuatro significados principales:

   1) El Fundamento Último de todas las cosas, la Naturaleza esencial de todo lo que existe.
   2) Las Leyes que rigen el universo.
   3) Los deberes que se derivan de estas leyes.
   4) Los frutos que vienen del cumplimiento de estas leyes.

     El tercer sentido de Dhamma tiene una importancia especial aquí. Cuando crecemos espiritualmente, comenzamos a comprender lo que el mundo realmente es, y ahí vemos que todos tenemos deberes que cumplir, deberes que surgen de esta propia comprensión. Ya no salimos por el mundo reivindicando derechos, pero sí, cumpliendo lo que debemos cumplir. En este sentido, podemos decir que loar al Dhamma o al Fundamento Último de todas las cosas es comprender la Realidad y asumir nuestra porción de responsabilidad ante todo el universo. De esta forma, se loa en el Buddhismo a través del trabajo, de la acción, de la contemplación y de la compasión por todos los seres. Algo muy próximo a la máxima cristiana: “Ora et Labora”.

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